por 7ma Medios
Desde las primeras horas del 24 de marzo, miles de personas comenzaron a llegar al centro porteño. La Plaza de Mayo y sus alrededores se transformaron, una vez más, en el epicentro de la conmemoración por el golpe de Estado de 1976.
Pasado el mediodía, la circulación ya era constante. A las 11, la Plaza empezaba a colmarse y, con el correr de las horas, la imagen se volvió contundente: columnas avanzando por Avenida de Mayo, Diagonal Norte y Sur, sin pausas.
Hacia las 15, el escenario era el de una multitud compacta, con tambores, carteles y pañuelos blancos. No había espacio libre en veredas ni bares. La movilización, más que una foto, fue un flujo permanente de personas que entraban y salían.
La marcha también se construyó desde lo íntimo. Pedro, de 12 años, sostenía una pancarta con un pañuelo blanco pintado por él mismo y pedía una foto para guardar ese momento.
Valentina, de 7, buscaba entre la multitud imágenes de desaparecidos para reconocer la de su tío abuelo. Familias enteras, chicos y adultos mayores compartían el recorrido con fotos colgadas al cuello.
“Los chicos pidieron venir. Es muy conmovedor”, contó Clara, madre de un nene de 9 años.
El dato atraviesa generaciones: el 60% de los desaparecidos tenía entre 21 y 30 años, según el informe Nunca Más. Hoy, sus familiares siguen marchando con un duelo abierto.
Los pañuelos blancos volvieron a ser protagonistas. También la histórica bandera azul con los rostros de los desaparecidos, que al avanzar generaba un silencio inmediato seguido de aplausos y cánticos.
Las consignas se repitieron a lo largo de toda la jornada:
La presencia simbólica también se expresó en figuras como la silueta de El Eternauta, en homenaje a Héctor Oesterheld, desaparecido junto a sus hijas.
Las distintas organizaciones y espacios políticos se movilizaron desde puntos diversos.
La Cámpora realizó una caravana de 16 kilómetros desde la ex ESMA, con una parada en San José 1111, donde Cristina Fernández de Kirchner saludó desde el balcón y arrojó una bandera con la consigna “Memoria, Verdad y Justicia”.
También marcharon sectores sindicales, partidos políticos y organismos de derechos humanos. La CGT, las CTA, la UCR, agrupaciones de izquierda y movimientos sociales confluyeron en la Plaza.
El momento culminante llegó a las 16.30 con la lectura del documento de los organismos de derechos humanos. Allí se concentraron los principales reclamos.
“El Estado debe garantizar la restitución de los nietos apropiados”, señalaron en el documento.
El texto incluyó cuestionamientos directos al Gobierno nacional:
“Hoy hay un gobierno que no sólo es negacionista, sino que reivindica el terrorismo de Estado”, afirmaron.
También denunciaron el desfinanciamiento de políticas públicas vinculadas a derechos humanos y reclamaron la apertura de archivos oficiales.
La titular de Abuelas de Plaza de Mayo volvió a ser una de las voces centrales de la jornada.
“No hay que aflojar. No tiene que haber odio, sino la necesidad de que esto no se repita nunca más”, sostuvo Estela de Carlotto.
Además, cuestionó discursos negacionistas:
“Dicen que no existió o que eran menos. Es mucho más todavía”, afirmó.
Y reafirmó el sentido de la lucha:
“Por ella y por todos sus treinta mil compañeros, aquí estoy”.
Durante la jornada también hubo definiciones de dirigentes.
Axel Kicillof apuntó contra el oficialismo:
“El Gobierno está en una batalla contra la historia argentina”, señaló.
Por su parte, Sergio Massa remarcó:
“Memoria para no olvidar, democracia para construir futuro”.
Desde distintos espacios coincidieron en sostener la consigna de memoria, verdad y justicia como eje común.
El documento leído en Plaza de Mayo sintetizó el espíritu de la jornada:
“¡Son 30.000! Fue y es genocidio. No olvidamos, no perdonamos y no nos reconciliamos!”
También insistió en una demanda histórica:
“Que digan dónde están”.
A 50 años del golpe, el reclamo sigue vigente. La exigencia de justicia convive con nuevas discusiones políticas y sociales, pero mantiene un núcleo inalterable: memoria activa y presencia en las calles.
Cerca de las 18 comenzó la desconcentración. Las columnas se retiraron lentamente, aún con pancartas en alto y fotos visibles.
La escena final dejó una imagen conocida: la Plaza vaciándose, pero con una energía que no se apaga.
Las banderas, físicas y simbólicas, volverán el próximo año. Y con ellas, la misma pregunta que atraviesa décadas:
¿Dónde están?